Siempre. Por el que sea el motivo que la cause. Defender la alegría es defender la vida que eliges vivir. Y para mí, el sábado 21 de junio, fue uno de esos momentos en que pude decir: soy feliz. Sucedió en San Miguel, sucedió en Lima. Jamás pensé que podía encontrar a un grupo de gente que tanto o más que yo, podía haber descubierto en las letras de Joan Manuel Serrat su propia vida y a hablar a través de ellas también. Pero la verdad era que ese grupo en el cual apenas yo me iba integrando tenía ya años compartiendo cosas de las que yo recién me enteraba, cosas que descubría con la boca abierta.
Debo decir que era yo la más joven de ese grupo y me sentía... me sentía como un conejito acurrucado en su propia piel que salía recién al mundo serrateano en el que no pude encontrar mejores anfitriones. Charlar, brindar y reír con gente que mira a la pantalla a Serrat en los 80's poniendo la carita que pongo yo a veces es algo que sin presionar mucho ya genera una complicidad genuina.
El vino que corría acompañaba a las guitarra que era una invitada más. La voz de aquellos quienes se atrevieron a cantar canciones de Serrat. Fue algo mágico. Compartir un gusto -más que eso: ¡encanto!- es común, comprobar que otras personas totalmente distintas a uno descubrieron cosas tan o más maravillosas de las que yo descubrí oyendo una voz temblorosa y catalana y cosiendo sus letras al alma y al cuerpo. Gracias a Serrat. Gracias ADS por defender la alegría.
Creo que ya he escrito sobre cómo
conocí y me fui acercando a Almodóvar.
No me acuerdo. Qué horrible no acordarse de lo que sale de tus propias manos.
Pero de todas maneras, siempre es bueno regresar y recordar el inicio que a la
vez es anécdota.
Lo primero que pasó fue una
reunión familiar de domingo que es más o menos lo que saben todos: un almuerzo,
música, encuentros y demasiadas voces y gritos simultáneos. Para una niña de 11 o un poco menos, retraída
y sin mucho entusiasmo por la comida, es comprensible que después del almuerzo
y durante la tertulia posterior, la atrape el aburrimiento. Para otra niña de
unos 13 años, totalmente diferente a ella, es evidente que no, porque esa otra
niña era su prima y tenía, en ese momento, mejores ideas y otras intenciones.
Entonces Consuelo, la prima de
esta niña que soy yo, Lucia, me hizo una invitación tranquila y aceptable: ver
una película.
Así que nos escabullimos de esa
reunión y entramos al cuarto. Era invierno, me acuerdo. Hacía frío estaba
oscuro y nublado. Yo me senté en la cama
mientras ella revisaba películas en un cajón.
Aun pienso que los ojos le brillaron un poquito cuando sacó la película
que había escogido y conociéndola, no es fácil lograr ese efecto.
Me enseñó un DVD que decía "Entre
tinieblas" de Pedro Almodóvar. La portada del DVD tenía un tigre vestido
con un hábito de monja y ni siquiera lo bizarra de esa imagen fue una precaución
de toda la locura y desenfreno que la película contenía en realidad. El brillo
en los ojos de Consuelo pasó de conmovedor a
diabólico y trató de hacerme una mini reseña sobre la película y sobre Almodóvar.
Sus cosas raras, pensé. En ese momento no la entendía como creo hacerlo ahora.
Puso la película y se veía
antigua, se sentía antigua. Lo primero que me atrapó fue el acento español que
es tan cómplice y tan delirante. Después los paisajes, los elementos tan
cotidianos, contaminados y tocados. Pero yo era una niña y no hay que olvidar
eso. En cuanto aparecieron imágenes típicas "Almodovarianas" debo
confesar que me impactaron tremendamente. Miraba a Consuelo que gritaba frases
de incredulidad, de sorpresa y disfrutaba, la veía reír y emocionarse.
Ver a monjas inyectándose
heroína, hablando lo que uno no se espera, lo tétrico de los ambientes y lo
inimaginable dentro de lo que das por seguro, es una de las cosas entendí
después de ver "Entre tinieblas" y sin duda, fue lo que me hizo
querer acercarme más a Almodóvar y conocer lo que había hecho. Unos años
después vi "Todo sobre mi madre", "La flor de mi secreto","
Volver", "Hable con ella", "La mala educación", "Los
abrazos ratos", "Tacones lejanos", "La piel que
habito" y otras más que me hacen seguir con sed de descubrimiento.
En las películas de Almodóvar con
su influencia y todo lo auténticamente grotesco que se puede ver, los
personajes son todo lo que nosotros, en la realidad absoluta, no nos atrevemos
a ser ni a decir, lo que queremos pero no podemos. Todos nuestros demonios, lo más
miserable y lo más inmaculado del ser humano envuelto y contrastado en varios
personajes. Por eso siempre recordaré
esa tarde, esa película y esas miradas de Consuelo. Además de lo que ya dije,
porque me hizo comprender qué es lo que
hay y, tal vez, qué es lo que intento buscar. Está lo cotidiano, lo neblinoso de los
ambientes, los colores, el hogar, la música, las sensaciones, los secretos a
voces, la suciedad de la calle, lo absurdo que es todo sin que lo que sepamos.
El soundtrack en las películas de
Almodóvar es lo que para mí aporta más a la historia, lo que más me hace
estremecer y se queda para siempre. Esta escena es de Hable con ella. (Dario
Grandinetti) está en una reunión escuchando a Caetano Veloso mientras imagina
ver a su esposa fallecida (Rosario) Como si no alcanzara, aparecen Marisa
Paredes y Cecilia Roth, chicas Almodóvar por excelencia.
''... jura que el mismo cielo se estremecía al oír su llanto''