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11 de septiembre de 2014

Susel Paredes es mi libro

Incluso antes de que empiece el año, yo ya tenía a mi personaje para el curso de Periodismo Literario. Chabuca Granda... por más que lo analizaba y trataba de encontrar un back up, no se me ocurría ningún otro personaje que pudiera llenarme y embelezarme tanto como esa mujer. Entonces empezó el ciclo y emocionada como una quinceañera fui a la primera clase. No diré el nombre del profesor -porque no es políticamente correcto- pero sí diré que ponía una infame cara de asco cada vez que le decía algo de mi personaje, de lo que había conseguido o le enseñaba cualquier texto que hubiera avanzado. Antes de pensar que tenía algo contra mí, decidí retirarme pacíficamente del curso y así incumplir una ley interna que tengo desde hace mucho tiempo y que es, precisamente, no retirarme de ningún curso. NUNCA. Pero lo hice y aquí esta mi razón principal: estaba comenzando a odiar mi tema, tenerle terror a abrir una hoja de Word y empezar a escribir el libro... y eso me dejaba una sensación de decepción tan grande que me hizo pensar: no quiero escuchar Coplas a Fray Martín o Puño de oro -genialidades ambas canciones- y terminar con estrés y maldiciendo.

Tenía que encontrar otro personaje o al menos otro tema que me inspirara tanto como Chabuca Granda. No había problema. Después de retirarme, justo antes de la mitad del ciclo, me quedaban algunos meses para pensar. La verdad es que no pensé nada y en lugar de eso me fui a Colombia -donde solo se puede pensar en la amabilidad de la gente y sus sonrisas-. Llegué a la primera semana de este -debo decir, ocupadísimo ciclo- sin personaje ni tema. 

PERO si alguien tenía que ayudarme, era mi ex roommate Mariana. Lo lanzó así nomás, casual y como una idea suelta que yo podía o no tomar en cuenta. Mariana pronunció dos palabras: un nombre y un apellido que hicieron que me reduzca al mínimo por no haber pensado en esa PERSONA antes. Susel Paredes, gerente de fiscalización y control de la Municipalidad de Lima es la mujer de la que voy a escribir un libro. En el momento que Mariana me sugirió tremendo personaje lo atrapé y lo hice mio. Presenté mi propuesta a mi nuevo profesor, que más que muecas es todo ayuda y buena onda, me lo aprobó al instante... el había sido compañero de Susel en la Universidad de San Marcos y sabía que tenía que ser ELLA. 

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La primera vez que le hablé fue después de una conversación por Facebook. Me dio su número, la llamé y me hablo como si me conociera desde que nací. Quedamos en vernos y cuando el día llegó entendí por qué la había elegido y tal vez por qué no pensé en ella desde el primer momento: las personas geniales, pero las autenticas, están ahí pero a veces no nos damos cuenta porque estamos pensando en complacer a otros más que en observar y sentir por nosotros mismos DE VERDAD. Susel, política, abogada abiertamente lesbiana y con orgullo, defensora de lo derechos de los ashánikas, gays, lesbianas, transexuales y bisexuales, las mujeres, del orden, de lo que es justo... se fue a España por dos años y fue ahí que decidió hacer y ser lo que quisiera y apasionara sin que nada más importa... algo así me paso a mí. Susel, tú eres mi musa.  




''En el boulevard de los sueños rotos
vive una dama de poncho rojo,
pelo de plata y carne morena.
mestiza ardiente de lengua libre,
gata valiente de piel de tigre
con voz de rayo de luna llena''


6 de marzo de 2014

Yo quiero ser una chica Almodóvar

La primera vez que estuve en un taller de teatro fue cuando tenia 11 años. Estaba en el colegio y me inscribí en ese taller porque el atletismo no era lo mío. Ni lo es. Definitivamente. Así que puse mi firmita inocente de niña en un papel y tenía que presentarme en el auditorio del colegio el siguiente lunes a las 4 de la tarde. Cuando llegó ese día, estaba muy nerviosa porque ya todos se conocían, el taller había empezado cuatro meses antes y yo me convertí en ''la nueva''. 

No eramos muchos, sólo siete personas: cuatro niñas y tres niños. Hacíamos ejercicios de improvisación que fueron los que más me gustaron. Intentábamos cambiar nuestras voces, mirarnos fijo entre nosotros sin reírnos, hacer monólogos y mientras todo eso pasaba, en la ultima media hora de cada clase, ensayábamos para presentar una obra de Navidad para la clausura del año escolar. Me sorprendí cuando mi profesor me dio el papel que más diálogo tenía junto al del protagonista. No me pareció justo porque de todos, yo era la que menos tiempo tenía haciendo el taller pero alimentó mi ego infantil increíblemente. No lo voy a negar.

Entonces un 20 de diciembre, estaba yo leyendo mi texto frente al espejo del baño del colegio mientras mis amigas y compañeras de salón se arreglaban para presentar un baile. Me sentí un poco diferente a ellas, a pesar que a mi también me gustaba bailar. Pero me emocionaba mucho más salir a actuar por primera vez. 

Cuando ya faltaba poco para empezar, fuimos caminando con todos los chicos del taller por detrás del escenario hasta llegar a un lugar en que no nos veía nadie. El profesor nos dijo que teníamos que estar tranquilos, que nos estábamos divirtiendo y casi sin darme cuenta, grité: ¡MIERDA! junto a todos y me sonroje un poco. ¡Tenía 11 años!

La segunda vez que estuve en un taller de teatro fue cuando tenía 12 años. Fue en el Museo de la Nación durante las vacaciones de verano antes de empezar la secundaria. La mayoría de los alumnos eran menores que yo pero aún así lo disfruté. Hicimos ejercicios diferentes. Usábamos mas el cuerpo y tratábamos de conectarlo directamente con la voz. Aprendí muchísimo.

Luego lo dejé por completo. Alguna vez, cuando tenía 16 años, pensé en estudiar teatro como carrera pero me desanimé por miedo. No me pareció un respaldo importante. Todavía estoy tratando de decidir si eso fue un error o no porque finalmente decidí estudiar periodismo y no me arrepiento. Aunque el teatro siempre fue una asignatura pendiente. 

El año pasado, estando en Madrid, decidí que cuando regresara a Lima empezaría proyectos propios, haría cosas que dejé de hacer. En resumen, me liberaría un poco más de lo que ya estaba. Entonces pasó. Unas semanas después de regresar, vi que en marzo empezaba un taller de teatro con Paul Vega en el Instituto Italiano de Cultura coordinado por La Plaza. Pensé en la universidad, en los horarios y todo eso. Pero terminé diciéndome que esta era la oportunidad, que si no lo hacía ahora no lo haría nunca. Y me inscribí.

Ya tuve dos clases y estoy estudiando un texto para la tercera clase. Haré mi primera escena y me intriga y emociona al mismo tiempo. No sé si quiera llegar a ser una actriz conocida o algo así. Lo único que sé es que, como dijo una mujer madre de familia de cuarenta años en este mismo taller, NUNCA ES TARDE PARA EMPEZAR A HACER LO QUE TE GUSTA. Aún si sólo tengo 21 años y lo aplacé por un buen tiempo. Ya era hora.




''Yo quiero ser una chica Almodóvar (...)
y no parar de viajar del invierno al verano,
de madrid a new york, del abrazo al olvido,
dejarte entre tinieblas escuchando un ruido
de tacones lejanos''