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8 de mayo de 2014

Toque de diana y Fitzgerald de verdad

«El psicoanalista le dijo a Miles que él tenía un complejo de madre. En su primer matrimonio transfirió ese complejo a su esposa, verás –y después su sexo se volvió hacia mí– Pero cuando nosotros nos casamos la cosa se repitió por si misma –el transfirió su complejo de madre hacia mí y toda su libido se tornó hacia otra mujer–» Sábado loco, cuento corto que forma parte de Toque de diana, libro de relatos cortos del escritor estadounidense.

James West, un profesor norteamericano, es el responsable de que los textos alguna vez censurados del escritor estadounidense F. Scott Fitzgerald ven la luz después de más de 70 años en la publicación titulada The Cambridge Edition or the Work of F. Scott Fitzgerald  bajo la representación de la editorial Cambridge University Press. Toque de diana, es el título del recopilatorio de pequeñas historias que escribió Fiztgerald en 1935 y que ha sido como la publicación de arranque de una renovada edición del escritor donde se incluirán escritos tal y como los pensó y plasmó Fitzgerald antes de ser editados por sus jefes de  Saturday Evening Post, revista en la que publicaba el escritor y que era su mayor fuente de ingreso económico.

Es sabido que los textos de Fitzgerald eran recortados y cambiados por sus editores quienes no creían convenientes que los contenidos originales de los escritos aparecieran en su revista pues según ellos, la sociedad conservadora de la época no lo aprobaría y perderían ingresos bajando sus ventas. Frases antisemitas, fuerte contenido sexual así como escenas de alcohol y violencia, son algunas de las características de los textos del escritor que sus editores censuraron durante años y que el mismo Fitzgerald aprobó debido a que trabajar en el Saturday Evening Post era el mayor sustento de su familia.

West afirma que estas frases y escenas no correspondían a la ideología ni modus vivendi del escritor sino que planteaba y presentaba a la sociedad y contexto de la época en la que fueron escritas. Los editores de la revista llenaban de borrones los textos y los blanqueaban para que el público no se sorprenda. Como prevención se suprimían todas las referencias a sexo, alcohol, drogas y antisemitismo. Fitzgerald acataba.

El profesor West ha investigados durante los últimos veinte años a recuperar todos los textos originales y sin censuras, material que ha estado depositado en la biblioteca de la Universidad de Princeton. Según West, estas publicaciones cuyas versiones originales jamás vieron la luz, están al mismo nivel del mítico ‘’El Gran Gatsby’’ de Fitzgerald y es por ello que la edición que se relanzará se proyecta como un evento trascendental. Algunos expertos en el tema señalan que esta publicación cambiará la percepción que se tenía de Fitzgerald como autor de ficción corta cuyo tono sentimental podía superar al realismo sabiendo ahora que el escritor no tenía elección en las versiones finales de sus textos, los cuales ahora podrán apreciarse sin tapujos ni borrones.




“The loneliest moment in someone’s life
is when they are watching their whole world fall apart,
and all they can do is stare blankly.” 

 F. Scott Fitzgerald, The Great Gatsby




30 de mayo de 2013

Laura: el primero y la primera

Los sucesos contados a continuación tuvieron lugar hace ya algunos meses.  Así que para quienes se asusten o preocupen por la inestabilidad emocional de Laura, decirles: Tranquilos, ella está bien ahora. Pero alguna vez estuvo así, en desequilibrio, y pasó esto:

No en el primer local sino en el segundo: La Posada del Ángel de Pedro de Osma. Ese lugar era como un escondite para ellos. Y su conversación necesitaba un refugio y dos copas de vino. No llegaron juntos por prevención casi anti sísmica. Qué exagerado. Pero iban a encontrarse en un lugar público. Qué ironía. Ella llegó primero. Se sentó en uno de esos sofás para dos con una mesita en frente. «Si me va a gritar como la última vez mejor que sea cerca» pensó Laura. Además, claro, quería analizar mejor sus ojos claros. Un chico se acercó a tomarle la orden pero ella dijo que estaba esperando a alguien. Fue casi cinematográfico, sólo faltaba el cigarro. Pero Laura no fuma, jamás lo ha hecho.

Él llegó y la vio sentada. Se sonrieron. Él se acercó y puso su saco a un costado. Se sentó junto a ella, se acomodó el pelo, dio un suspiro y le preguntó:

-¿Has pedido algo?
-Nada –respondió Laura negando con la cabeza.

Seguro como siempre, volteó para llamar al chico y le pidió un vino argentino. Vino. Esta vez tomaron desde la primera palabra, por eso la conversación aflojó más. Se trataba más o menos de una actualización de respuestas a los cada vez más clásicos: ¿Cómo sigues?, ¿Te has puesto mal últimamente?, ¿Qué es lo que piensas en estos días? Ella respondió la verdad. Es imposible mentirle a esa mirada tan inquisidora. Vino. Respuesta. Pregunta. Vino. Respuesta. Vino. Vino. Pregunta. Respuesta. Vino. Laura ya estaba cansada de hablar del mismo tema. No sabía si lo había superado pero estaba segura que para esa noche, era suficiente. Él hablaba. Ella miraba su pelo que brillaba con la lámpara y los vitrales que tenía al lado. Laura no lo escuchaba pero miraba sus cejas, su nariz, sus mejillas, su mentón, el saco del costado, sus brazos, su camisa y las manos con que se acomoda las mangas.  «La mente… no sabes lo poderosa que es» decía. Laura mira sus ojos otra vez:

-¿Me besas?
-Sí, claro –respondió él.

Y ya. Al instante, tomaron más vino sin dejar de mirarse. Tras ese sorbo, a Laura la empezó a atormentar un absurdo sentimiento de culpa por lo que había pasado. Se sintió desleal. Pero le había gustado y como él siempre le recomendaba, trató de despejarse pensar en eso que acababa de pasar. Se distrajo mirando a otra pareja que también los observaba. «A la horca por incestuosos», creyó Laura que esa pareja estaría pensando y rio sola. Él tomó un poco más de vino…

-Tengo que estar un poco loco para hacer esto –dijo sonriendo.

« ¡¿QUÉ?! » pensó Laura mientras cambiaba su sonrisa por una boca cerrada de rabia. Lo odió. Ella había tardado en darse cuenta que cuando estaban juntos, eran tan iguales como cualquiera. Pero finalmente, lo había comprendido. Y con esa frase, Laura sintió que él se burlaba. Se paró casi por inercia y en cámara lenta. Estaba como mareada (y no por el vino). Cogió su bolso, lo miró con furia y decepción mientras empezaba a llorar y se fue. Así sin más. Caminó por varios minutos secándose las lágrimas cada dos segundos. Ya se había acostumbrado más a o menos a eso. Cuando se dio cuenta que estaba por llegar el otro local de La Posada del Ángel a donde no debía llegar, maldijo su suerte. Intentó tomar un taxi pero lo vio manejando muy rápido y haciéndole con la mano el gesto ese de "pare". Laura se quedó quieta esperándolo. Adentro del local empezó a sonar una canción de Calamaro demoledora para Laura. Se apoyó contra para la pared y continuó su llanto pero con más fuerza. Cuando él llegó a su costado y se dio cuenta de la canción, la tomó del brazo por debajo del codo y a jaló hasta adentro de su auto. Laura se tapó el rostro y siguió llorando. Él le quitó las manos y le cogió el pelo:

-Hey, ¡ya! ¿Por qué tanto drama? Sólo es una canción y tú eres una impulsiva que no me deja terminar las cosas.

Laura lo miro con lo que parecía un puchero sin intención. Él le sonrió y le dio un beso.

-Cálmate –le pidió.

Y empezó a manejar. A cinco minutos de ahí estaba su casa así que ese fue el destino.

-Conozco un vino mejor –le dijo a Laura antes de llegar a su departamento.


Ella sonrió. Otra vez, nada, NADA, era demasiado importante cuando se está con él. Las cosas pasan tan ligeras que acarician. Había habido un beso (dos) y una pelea. Pero la conversación puertas adentro fue, de lejos, lo mejor. 




''Soy ese beso que se da
sin que se pueda comentar.


Soy ese nombre que jamás
fuera de aquí pronunciarás.


Soy lo prohibido''



Y... no es broma cuando Laura se identifica con esta película: