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24 de octubre de 2013

Tu 24 de octubre

Hola. Aprovecho tu cumpleaños para escribirte porque tú dices que nunca te escribo. Este es tu momento. Primero que nada, ¡felices 25 años! Segundo, decirte que es muy doloroso para mí no estar contigo este día ni todos los que te voy debiendo hace ya dos meses. Antes de viajar, me decía que no sabía si podría aguantar siquiera un día sin Tuto y sin ti, pero ahora que las horas y días y todo han ido pasando, veo que he podido sobrevivir, supongo que todo eso me ha hecho más fuerte. Sé, también, que no hablamos muy seguido. Es dificil. Aquí vivo 7 horas más que ustedes, es como si viviesemos días diferentes en dimensiones diferentes, lo cual es un poco verdad. Europa, España en especial, es otro mundo, es increíble. Pero eso no tiene nada que ver con tu día. 

¿Cómo sigo? No recuerdo haberte dicho ''abuela'' o ''abuelita'' en ninguna circunstancia de mi vida. Mamá, siempre fuiste, eres y serás mi mamá. Y ahora que empiezo a escribir esto me doy cuenta lo mucho que te extraño. Tuto y tú, son mi adoración máxima, todo lo que he logrado (lo poco), lo que hago y lo que quiero conseguir, es por ustedes. Quiero tenerlos conmigo durante mucho tiempo porque siento que nos falta mucho por vivir juntos todavía. En especial a nosotras dos que somos tan parecidas. No sé si te has dado cuenta pero gracias a Dios, heredé tu nariz tan bonita. Y eso es de lo único que me jacto. Mi nariz me hace sentir orgullosa. Qué tonto, ¿no? ¡Qué cursi!

Si me vieras ahora lavar mi ropa, sacar la basura, barrer mi casa, cocinar todos los días, pensar qué cocinar, dividir la comida, la plata, ir al mercado, sacar mi ropa para que seque y tantas otras cosas. Cómo digo, si me vieras, te sentirías orgullosa de mí. Sólo hay algo que no puedo ni quiero hacer por mi cuenta: la leche. No tienes idea cómo extraño sentarme contigo, conversar y ver Combate. Todas las tardes se me estremece y se me ahica un poquito el corazon porque me acuerdo. Todas las tardes deseo estar contigo y con Tuto. Todas.

Mamá, gracias por enseñarme tantas cosas. Gracias por hacerme dar cuenta que todo lo que se hace con amor y paciencia sale bien. Gracias por ser tan dedicada, tan amorosa. Gracias porque eres capaz de cualquier cosa por tu familia a pesar de todo y a pesar de ti. Gracias por tu sonrisa, por tus ojos, por tu pelo, por tus manos, Gracias por despertar amor y ternura en cada persona. Gracias por existir.  Hoy es un día raro para mí. Es doloroso y terrible estar aquí escribiendote sola y esperando que empiece la lluvia que han pronosticado para hoy. Es terrible no poder acompañarte ni abrazarte en este cumpleaños. Te aseguro que nos quedan mucho más por festejar y por estar juntas. Diviertete como siempre lo haces y sobre todo, sigue siendo como eres en este día y en todos porque eres un ángel, un alma de las que ya no hay. Feliz cumpleaños. Te amo. 



 ''Qué sería del ángel
si no tentase el diablo,
de la fe sin milagro,
del milagro sin fe,
 

de las olas sin mares,
del verano sin siesta,
del gallo sin su cresta
y su quiquiriquí,
 

de las nubes sin cielos,
del pan sin fantasía.
Yo no sé qué sería
de mí sin ti''



27 de diciembre de 2012

De vez en cuando en la noche


Siempre me he sentido orgullosa de decir que soy noctámbula. Pero no ''bohemiamente'' hablando. Es decir, me gusta la noche: me gusta quedarme despierta sin poder dormir y ver cómo es que amanece y el cambio de colores en el cielo.

Pero a veces no todo es tan rutinario como eso y pasan cosas que no esperas, pasan cosas que no te gustan y que no esperas.

Estaba yo echada en la cama en el cuarto de mis papás viendo videos de Pimpinela, deseando apellidarme ''Galán'' por 5 minutos y el teléfono de mi casa sonó. Mi mamá, que estaba echada a mi lado, contesto y un gesto que se me hacía familiar apareció. Casi adivinaba lo que estaba pasando: mi abuela estaba mal.

Mi padrino me ha dicho muchas veces que debemos acostumbrarnos a esto porque claro, ella no tiene 30 años. Pero la verdad es que nunca podré estar tranquila si sé que algo, lo que  sea,   le duele, le incomoda, le molesta o la tiene pensando demasiado. Eso. Porque ella piensa mucho, igual que yo, y se preocupa. Su mente, como la mía, es tan fuerte que su físico se afecta.

Entonces mi mamá se pone nerviosa, intenta calmarse pero no lo consigue, le dice a mi papá que la tienen que llevar a la clínica. Me ofrezco a acompañarla.

Salimos hasta su casa y ahí esta ella: adormecida en su cama por las pastillas, con un temple extraordinario y tratando de convencernos a todos de que esta perfecta, que no nos preocupemos. Lo último que hacemos es hacerle caso porque la amamos. Finalmente, la llevamos a la clínica.

Llegamos y la dirigen inmediatamente a Emergencias donde están una chica que, según mi propio criterio y diagnóstico podía estar a punto de ser operada del apéndice y un hombre con un fuerte dolor de cadera. A ella la echan y es momento de ponerle suero. Las agujas siempre me han dado miedo e intento no mirar.

Pero unos segundos después la curiosidad me vence y acerco un poco la mirada. Veo como mi abuela sufre de dolor porque no pueden encontrarle la vena y sólo ver su cara me hace llorar. No puedo imaginar que algo, por pequeño que sea, pueda herirla. No lo tolero.

Salgo del cuarto y voy donde mi padrino, que está sentado porque aunque no le guste que lo diga, es más cobarde que yo. O tal vez tan sensible como yo y no puede siquiera acercarse.

Regreso a Emergencias. Veo a mi abuela más adormecida, con el semblante cansado, con sueño y me da rabia. Me da rabia que cualquier persona la vea así y no la vea feliz, sonriente, bailarina y buena onda como es siempre. Es como si fuera otra persona y no me gusta. No es ella.

Después de estar en la clínica unas 3 horas, nos dicen que podemos regresar a casa. La arropamos bien y la subimos al auto. Tranquilidad y un poco de risas mientras escuchamos Radio Mágica y mi mamá se duerme en el hombro de su madre.

Cuando llegamos, es mi abuelo, Tuto, quien abre la puerta y confirmo algo: él está absolutamente enamorado de ella, la ama y jamás podrá vivir sin ella. A pesar de esa apariencia tan rígida, dura y tan ''Tuto'', es más dulce que un kiwi si ella se pone mal.

La dejamos y nos vamos. Camino a mi casa pienso: qué suerte tenemos de poder llevar a mi abuela a una clínica con todas las comodidades y qué injustas pueden ser otras situaciones en las que tal vez una señora de la edad o mayor que mi abuela, está rogando ser aunque sea puesta en el piso de un hospital del Estado.

Pienso en eso y se me revuelve el estómago. Pienso que con mi abuela, como con todos los ancianos, la vida es cuestión de segundos, de decisiones rápidas, de determinación, que un dolor de brazo puede significar, unos minutos más tarde, menos aire en el mundo, que son tan frágiles ahora como lo seremos todos después,

Pienso que todos y más aún ellos, mi abuela y sus ''colegas'' merecen que un hospital, un servicio público, privado o lo que sea se haga de la mejor manera, merecen un gesto, una sonrisa, una atención digna. Merecen el trato más inmaculado y prolijo porque están, tal vez por estadística, un poquito más cerca al cielo, pero sin dejar, por supuesto, de ser humanos, de ser personas con derechos con la única desventaja de la experiencia y los pasos lentos.



''Caminante, son tus huellas el camino''