Hace cinco meses y después de haber pasado tres días en Cartagena me dije: aunque es hermoso, no voy a volver a este lugar en al menos cinco años. Y hoy estoy aquí con el rabo entre las piernas y a punto de preparar la maleta para tomar un avión mañana. Me voy a pasar año nuevo a Cartagena. Y creo que aún no termino de procesarlo.
¿O es que a caso me cuesta todavía asimilar que estoy rompiendo con una tradición presente desde el momento en que nací? Probablemente estaba destinada a cumplirla desde antes pero ese no es el tema. El asunto es que después de más de 21 años de vida me he soltado un poquito las cadenas y he decidido separarme por un rato de mi familia y recibir el 2015 con quien sentí que debía hacerlo.
No voy a hablar de él porque... ¡a ver cómo continúa la historia!. Me imagino este viaje vuelto un desastre y me sentiría algo ridícula de haberlo descrito como el próximo Mr. Darcy. Pero más allá del con quién pasaré año nuevo o por quién decidí irme, creo que es justo decir que esto tiene más que ver conmigo que con otra persona, quien quiera que sea.
Digamos que aquí ni la ciudad ni la otra persona son las estrellas. Soy yo quien tiene el protagonismo porque fui yo quien tomó la decisión y la que asumirá las consecuencias de esta sean malas o sean buenas. La impulsividad y la emoción me tomaron por sorpresa y yo, firme, he descubierto algo: las alas las tengo desde siempre y es ahora que amo más que nunca volar. Por mi y por nadie más.
''No tengas miedo solo es un juego y si te toca perder no es tan grave
A la mujer diferente A la mujer independiente A la taciturna, la pensadora, la silenciosa A la extraña, a la de los ojos llorosos A quien vivía en una realidad tranquila A la que dejábamos A la que diferenciábamos A la mujer de amor, ternura y miradas A su silla, sus chompas y su mando a distancia A la dulcera, la escurridiza A la enferma y su fortaleza A la mujer fuerte y de palabras contadas A la que era madre y abuela A quien es ángel de la guarda A quien se fue pronto A quien dejó de respirar A quien no se deja de amar A quien quería A quien me quería A quien me miraba A quien extraño todos los días todos los minutos Te debo una despedida.
''No existe un momento de día en que pueda olvidarme de ti; el mundo parece distinto cuando no estás junto a mí.
No hay bella melodía donde no surjas tú, ni yo quiero escucharla si no la escuchas tú''
Acabo de arreglar mi escritorio nuevo y hace dos minutos comí cuatro galletas de coco. Todo eso después de que mi mamá me dio una limonada. Creo que fueron diez minutos desde que ella entró a mi cuarto y unas cinco horas después de haber estado echada en su cama. A veces, en la tarde, mi mamá, mi hermano y yo dormimos tapados con una frazada de polar que tiene un oso panda. Durante esos minutos soñolientos de tardecita es que me doy cuenta que ese calor que empiezo a sentir en los pies y la sensación de comodidad de mi cabeza sobre la almohada, con una mano en la cabeza de mi hermano y la otra en un medio abrazo a mi madre me hacen pensar en lo siguiente: no sé si estoy preparada para crecer.
Eso de aferrarme a las cosas es muy mío. Lo cierto es que lo he disminuido un poco a raíz de experiencias en los últimos dos años, si he de ser especifica. Pero aunque he tratado de dosificar esos impulsos inconscientes -lo juro- de hacerle espacio a todo y a todos, hay algo con lo que eso de madurar y hacerme independiente -en el sentido más cliché de la palabra- no va conmigo. Y es porque no quiero.
Todavía cuando viajo extraño a mis padres al punto de querer regresar. No estoy preparada para perder a ningún miembro de mi familia. Es como decir: ¿está usted listo para despedirse de alguna de su extremidades o articulaciones? Que suene esto enfermizo es un tema a aparte, discutible y hasta me hace querer borrarlo. Pero es la verdad. No quiero crecer si eso significa no ver a mis padres y a mi hermano todos los días. No quiero crecer si no puedo tomar la leche -aún a mis veintiún años lo sigo haciendo- con mis abuelos mientras vemos tele. No quiero crecer si ser ''grande'' significa ir dejando de sentir poco a poco el calorcito en mis pies y el olor de mi mamá cuando la abrazo mientras dormimos tapadas con la frazada de oso panda. No quiero crecer nunca jamás y me gustaría poner mis propias condiciones. Y esto es una utopía. Cierro los ojos. Quiero tener veintiuno y ser a veces una niña.
''Pero, ¿quién es quien le pone puertas al monte? No pases pena, que antes que lleguen los perros, será un buen hombre el que la encuentre y la cuide hasta que lleguen mejores días. Sin utopía la vida sería un ensayo para la muerte''
Hace poco leí el tweet de un amigo que decía esto:
''Que existan personas desaparecidas
es una de las cosas más tristes del mundo''
Me detuve en ese texto porque me recordó lo que me dijo otra persona con respecto a ese mismo tema. Esa persona me dijo que sea consciente de lo que significaba verdaderamente la palabra ''desaparecer'' y piense si en realidad ese término puede ser aplicado a una persona o varias sin que resulte absurdo y triste.
Desaparecer significa esfumarse, dejar de ser perceptible, extinguirse, dejar de existir, dejar de estar presente. ¿No suena acaso espeluznante? ¿Cómo diablos una persona, que sin ser declarada muerta, puede simplemente esfumarse? Serían ejemplos de preguntas que deberían responder desde las varias dictaduras latinoamericanas/europeas responsables de tanta ''desaparición'' intencionada hasta las personas que son capaces de sostener todo equilibrio y esperanza en un aviso en el diario describiendo ropas, enfermedades y demás detalles sobre alguien que también, repentinamente, desapareció.
Es escalofriante sólo pensarlo.
Cuando leí el tweet de mi amigo y lo asocié al significado de la palabra desaparecer y desaparecidos, mi cabeza simplemente voló. Imaginé a todos esas madres argentinas en plena Plaza de Mayo, en los padres del Mayor Bazán, en quienes no vieron más al abuelo, a la abuela, a la tía, al hermano. Pensé en mí y me estremecí. Imaginé a los desaparecidos como estrellas vagabundas más terrestres que celestiales, sin saber qué hacer, esperando y muy a la deriva. ¿Cómo pudo volverse tan normal usar semejante término?
Tratar de calcular cuánto tiempo dura la esperanza y distancia entre la posible muerte, la posible ''re-existencia'' de quien sea que haya dejado de existir en el lugar donde siempre estuvo es improbable. La paciencia de todos aquellos que esperan encontrar, quienes sean, es más real y admirable que la posibilidad de que un ser querido se haya simplemente esfumado. Aguanten ahí. Sostenganse fuerte.
''Yo llevo en el cuerpo un dolor que no me deja respirar llevo en el cuerpo una condena que siempre me echa a caminar''
Siempre me he sentido
orgullosa de decir que soy noctámbula. Pero no ''bohemiamente'' hablando. Es
decir, me gusta la noche: me gusta quedarme despierta sin poder dormir y ver
cómo es que amanece y el cambio de colores en el cielo.
Pero a veces no todo es tan
rutinario como eso y pasan cosas que no esperas, pasan cosas que no te gustan y
que no esperas.
Estaba yo echada en la
cama en el cuarto de mis papás viendo videos de Pimpinela, deseando apellidarme
''Galán'' por 5 minutos y el teléfono de mi casa sonó. Mi mamá, que estaba
echada a mi lado, contesto y un gesto que se me hacía familiar apareció. Casi
adivinaba lo que estaba pasando: mi abuela estaba mal.
Mi padrino me ha dicho
muchas veces que debemos acostumbrarnos a esto porque claro, ella no tiene 30
años. Pero la verdad es que nunca podré estar tranquila si sé que algo, lo
que sea, le duele, le incomoda, le molesta o la tiene
pensando demasiado. Eso. Porque ella piensa mucho, igual que yo, y se preocupa.
Su mente, como la mía, es tan fuerte que su físico se afecta.
Entonces mi mamá se pone nerviosa, intenta calmarse pero no lo consigue,
le dice a mi papá que la tienen que llevar a la clínica. Me ofrezco a
acompañarla.
Salimos hasta su casa y
ahí esta ella: adormecida en su cama por las pastillas, con un temple
extraordinario y tratando de convencernos a todos de que esta perfecta, que no
nos preocupemos. Lo último que hacemos es hacerle caso porque la amamos.
Finalmente, la llevamos a la clínica.
Llegamos y la dirigen
inmediatamente a Emergencias donde están una chica que, según mi propio
criterio y diagnóstico podía estar a punto de ser operada del apéndice y un
hombre con un fuerte dolor de cadera. A ella la echan y es
momento de ponerle suero. Las agujas siempre me han dado miedo e intento no mirar.
Pero unos segundos después la curiosidad me vence y acerco un poco la mirada.
Veo como mi abuela sufre de dolor porque no pueden encontrarle la vena y sólo
ver su cara me hace llorar. No puedo imaginar que algo, por pequeño que sea,
pueda herirla. No lo tolero.
Salgo del cuarto y voy donde mi padrino, que está sentado porque aunque
no le guste que lo diga, es más cobarde que yo. O tal vez tan sensible como yo
y no puede siquiera acercarse.
Regreso a Emergencias. Veo a mi abuela más adormecida, con el semblante
cansado, con sueño y me da rabia. Me da rabia que cualquier persona la vea así
y no la vea feliz, sonriente, bailarina y buena onda como es siempre. Es como
si fuera otra persona y no me gusta. No es ella.
Después de estar en la
clínica unas 3 horas, nos dicen que podemos regresar a casa. La arropamos bien
y la subimos al auto. Tranquilidad y un poco de risas mientras escuchamos Radio
Mágica y mi mamá se duerme en el hombro de su madre.
Cuando llegamos, es mi
abuelo, Tuto, quien abre la puerta y confirmo algo: él está absolutamente
enamorado de ella, la ama y jamás podrá vivir sin ella. A pesar de esa
apariencia tan rígida, dura y tan ''Tuto'', es más dulce que un kiwi si ella se
pone mal.
La dejamos y nos vamos.
Camino a mi casa pienso: qué suerte tenemos de poder llevar a mi abuela a una
clínica con todas las comodidades y qué injustas pueden ser otras situaciones
en las que tal vez una señora de la edad o mayor que mi abuela, está rogando
ser aunque sea puesta en el piso de un hospital del Estado.
Pienso en eso y se me
revuelve el estómago. Pienso que con mi abuela, como con todos los ancianos, la
vida es cuestión de segundos, de decisiones rápidas, de determinación, que un
dolor de brazo puede significar, unos minutos más tarde, menos aire en el mundo,
que son tan frágiles ahora como lo seremos todos después,
Pienso que todos y más
aún ellos, mi abuela y sus ''colegas'' merecen que un hospital, un servicio público,
privado o lo que sea se haga de la mejor manera, merecen un gesto, una sonrisa,
una atención digna. Merecen el trato más inmaculado y prolijo porque están, tal
vez por estadística, un poquito más cerca al cielo, pero sin dejar, por
supuesto, de ser humanos, de ser personas con derechos con la única desventaja
de la experiencia y los pasos lentos.