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7 de enero de 2015

Cartagena

Y el calor pegajoso, insoportable, asfixiante
Las prostitutas apretadas y sudorosas con maquillaje chorreando
Las veredas, estrechitas, atestadas de gente... todo tipo de gente
Las terrazas ''a la orden'', las pizzerias tropicales, las arepas tóxicas
La poca ropa, los sudores, las cucarachas ahogadas en aguardiente 
Los negros, las negras, los rubios, las rubias, los mestizos, los colombianos
Los argentinos, los peruanos 
La salsa inagotable y Donde Fidel
Cartagena y Playa Blanca
Cartagena e Isla Barú
Las caminatas con arena fría debajo y un domo de estrellas encima
El viento helado por fin
Las mojarras, las espinas de pescado, el sancocho, pollo al limón.
Comida. ¿Para qué quiero comida?
Agua turquesa 
Bailes
Narcos
Señoras con siliconas 
Amigos
Bikinis 
Pieles con cremas 
El pelo acartonado
Silvio Rodriguez y el viento por la ventana
Locura
Nerviosismo
El viaje
La lancha de la muerte
Cartagena y mis miedos
Cartagena y los dos






''A la deriva la noche...
la selva invade el lanchón,
la luna, bola de sangre,
la devoró el tiburón,
las olas vuelan tiñosas
rizadas por un ciclón,
''Pilar'' navega sin rumbo
bajo un diluvio de ron

En el caribe
se vive como se escribe
se escribe como se vive...''





30 de octubre de 2014

Lo efímero

Todavía no entiendo bien qué fue lo que sucedió. Ahora que lo veo en retrospectiva empiezo a preguntarme si pasó o no pasó. Pero supongo que este vacío extraño que siento en el estómago y mi mente que no deja de hilar y perseguirse y enredarse no hacen más que confirmarlo. Aún así, recordar lo surreal de la situación sigue hincándome dudas. 

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Lo conocí un viernes a la medianoche en un bar escondido de la calle Esperanza en Miraflores. Estuvimos ahí durante una, dos o tres horas seguidas, no recuerdo bien, lo que sí sé es que ninguno dejó de hablar. Salimos del bar y empezamos a caminar sin saber bien a dónde ir. Garuaba. Me dijo que le gustaba esa estúpida y mediocre forma de lluvia que tenemos aquí, pero que si odiaba algo era el hecho de que en Lima no había estrellas y nunca salía el sol. Jamás pensé que eso podía convertirse en un verdadero problema para un extranjero. Caminamos hasta el malecón. Me preguntó si yo había planeado llevarlo ahí... la verdad era que todo parecía muy perfecto: mar, madrugada, conversación... me ofendí. Lo peor fue que no me pidió disculpas. Y la verdad es que eso me dejó de importar cuando de la más absoluta nada me dio un beso mientras yo le explicaba las razones por las que su pregunta me había herido. Nos besamos una vez más. Después me di cuenta que eran las cuatro de la mañana y que tenía que volver. Nos despedimos y eso fue todo. Yo tenía clases a las siete. Dormí una hora.

El sábado en la mañana caminaba como un zombie por la universidad.  Hablamos todo el día por chat pero no nos vimos. El segundo encuentro pasó el domingo en la noche. Nos vimos en Miraflores. Tomamos dos pisco sours cada uno. Es poco pero yo ya me sentía mareada. Nos quedamos en el restaurante mirándonos sin darnos cuenta de nada más. Si había alguien más en ese sitio, no lo sé, no me fijé. Después fuimos a bailar. Fuimos a una discoteca. Nunca en mi vida había hecho algo así. Bailé todo lo que había por bailar y él también. Nos besamos varias veces y nos reímos muchas más. Nos botaron de la zona vip, me resbalé y me caí en plena pista de baile. Él me dijo que estaba borracha. Yo le respondí que no. La verdad era que me sentía medio tonta pero no era por el trago.



Salimos de la discoteca y nos sentamos en una banca del parque Kennedy. No había nadie, salvo por unos drogadictos que se sentaron justo frente a nosotros. Yo temblaba de frío. Él tomó mi saco y me tapó con eso... y a él también. Parecíamos dos mendigos. Conversamos de muchas cosas como si nos conociéramos de toda la vida y lo único cierto era que ambos nos enteramos de nuestras existencias apenas unas horas antes. Nos miramos todo el tiempo a los ojos. Me contó más del viaje que está haciendo por Sudamérica desde hace poco más de un mes. Me dijo que se moría por conocer Máncora. Y ahí fue cuando todo se detuvo. Nos conocimos dos días antes y ahí en el parque Kennedy, con un frío que parecía europeo, me pidió que me vaya a Máncora con él. Casi me enumeró las razones por las que debía dejar mi aburrida vida universitaria limeña, tirar todo a donde sea y viajar y solo viajar. Le respondí que lo pensaría y nos quedamos abrazados un rato más. 

El lunes en la mañana todavía seguía mareada. No podía con mi cuerpo. Mover una pierna era un castigo. Estaba muerta de cansancio. Y aun así nos vimos esa noche. Mientras caminaba a verlo pensaba: Este chico llegó de la nada y me desordenó todo lo que yo ya había organizado en mi cabeza. Revolucionó mis días y lo más curioso era que yo se lo había permitido. Los dos teníamos la culpa. Los dos teníamos algo.

Lo que hicimos ese lunes fue ir a otro bar medio escondido. Me preguntó si había pensado lo de Máncora. Le respondí que sí. Pero que no, que me era imposible dejar las cosas a medias en cuanto a mi familia y la universidad para irme de mochilera con un chico que apenas había conocido. Pero le dije algo más: si dependiera solo de mi, me iría contigo no mañana, sino ahora mismo. Lamentablemente no estábamos en la película de Almodóvar de la que tanto le hablé. Ya estaba dicho: yo no iba a ir con el a Máncora y si esa iba a ser la última noche que nos íbamos a ver, teníamos que hacer que sea épica -y no mencionar lo del viaje y la despedida al menos en las próximas horas-. Seguimos caminando y parábamos en cada farola, como en la canción de Sabina. Todo terminó en la madrugada, igual como empezó.

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No tengo idea de que dónde está en este momento. No sé si ya está en Máncora o si sigue en Lima. No nos alcanzaron las horas y menos las palabras al momento de la despedida. Me hubiese gustado decirle que soy de las que no podemos -aunque queremos- dejar todo. Me hubiese gustado agradecerle por animarme a tomar mis propias decisiones, a deshacerme del enfermizo apego que a veces tengo por mi familia, por querer ponerme de protagonista de la película que los dos nos estábamos haciendo. Me hubiese gustado decirle que sí. Me hubiese encantado poder decirle que tal vez alguna vez nos volvamos a encontrar. Aquí, en su país, en una frontera o en donde tenga que ser. 




''La noche debilita los corazones,
noches de funeral, de vino y rosas.
Brindemos por el amor y sus fracasos,
quizás podamos escoger nuestra derrota.

El sol limpia las calles, la memoria
feroces pasiones atenúa.
Invéntate el final de cada historia...''





5 de junio de 2014

Aprender lo que hay que olvidar

Hace poco vi una película que me dejó impresionada. Se llama La Educación Prohibida. Es un riesgo y hasta podría pecar de ser fácilmente maleable por un filme que podría (o no) tener fines comerciales. Pero no hay que ser muy perspicaz ni crítico para darse cuenta que todo lo que dicen en esa película es cierto y cualquier persona, educada con estilos tradicionales y ''normales'' como la mayoría de personas en el mundo, puede comprobarlo.

Entendí que todo el sistema de educación que conocemos y que está instaurado desde que tengo uso de razón (y los que la tienen mucho antes que yo también, es decir, solo tengo veintiún años) está mal y no solo eso... es caótico, opresivo y absurdo. Nos sentamos horas a la semana para que una persona que probablemente esté igual de desanimado que nosotros nos diga que debemos de ''grabarnos'' cosas en la cabeza que olvidaremos en unos minutos y que probablemente no nos sean útiles para formarnos como personas de bien y sobre todo libres. Hubo una frase de la película dicha por algún entrevistado (hay más de 50) que decía algo así: uno persona puede vivir sin saber de logaritmos, pero no puede vivir sin saber relacionarse con otras personas. Creo que eso más o menos resumió todos mis años en el colegio.

Acostarse un domingo con sensación de terror o desdén por ir al colegio es algo que ningún niño debería experimentar. No es normal ni saludable. Lo que se vive en las aulas de un establecimiento que más se asemeja a una cárcel es casi un adiestramiento canino. Y cito: nos hablan de la paz, pero nadie nos educa para la paz. ¿Por qué? porque lo que nos enseñan es a manejarnos en una competencia cruel en donde  somos una nota, un número, un código.

Salimos del colegio y ya debemos saber qué hacer con nuestras vidas sin haber desarrollado probablemente, los talentos que nos hacen únicos individualmente porque se nos trató como a un ganado durante once años, como si todos estuviéramos fabricados en masa. Es espeluznante. Sin duda hay momentos que recordamos de la época escolar pero dudo que involucren números y datos inútiles.





''Uno no puede aprender libertad en teoría,
y después cuando uno sale de la escuela, ser libre.
Los chicos tiene que ser libres en la escuela''


Ginés del Castillo