Mostrando entradas con la etiqueta colegio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta colegio. Mostrar todas las entradas

5 de junio de 2014

Aprender lo que hay que olvidar

Hace poco vi una película que me dejó impresionada. Se llama La Educación Prohibida. Es un riesgo y hasta podría pecar de ser fácilmente maleable por un filme que podría (o no) tener fines comerciales. Pero no hay que ser muy perspicaz ni crítico para darse cuenta que todo lo que dicen en esa película es cierto y cualquier persona, educada con estilos tradicionales y ''normales'' como la mayoría de personas en el mundo, puede comprobarlo.

Entendí que todo el sistema de educación que conocemos y que está instaurado desde que tengo uso de razón (y los que la tienen mucho antes que yo también, es decir, solo tengo veintiún años) está mal y no solo eso... es caótico, opresivo y absurdo. Nos sentamos horas a la semana para que una persona que probablemente esté igual de desanimado que nosotros nos diga que debemos de ''grabarnos'' cosas en la cabeza que olvidaremos en unos minutos y que probablemente no nos sean útiles para formarnos como personas de bien y sobre todo libres. Hubo una frase de la película dicha por algún entrevistado (hay más de 50) que decía algo así: uno persona puede vivir sin saber de logaritmos, pero no puede vivir sin saber relacionarse con otras personas. Creo que eso más o menos resumió todos mis años en el colegio.

Acostarse un domingo con sensación de terror o desdén por ir al colegio es algo que ningún niño debería experimentar. No es normal ni saludable. Lo que se vive en las aulas de un establecimiento que más se asemeja a una cárcel es casi un adiestramiento canino. Y cito: nos hablan de la paz, pero nadie nos educa para la paz. ¿Por qué? porque lo que nos enseñan es a manejarnos en una competencia cruel en donde  somos una nota, un número, un código.

Salimos del colegio y ya debemos saber qué hacer con nuestras vidas sin haber desarrollado probablemente, los talentos que nos hacen únicos individualmente porque se nos trató como a un ganado durante once años, como si todos estuviéramos fabricados en masa. Es espeluznante. Sin duda hay momentos que recordamos de la época escolar pero dudo que involucren números y datos inútiles.





''Uno no puede aprender libertad en teoría,
y después cuando uno sale de la escuela, ser libre.
Los chicos tiene que ser libres en la escuela''


Ginés del Castillo




20 de marzo de 2014

Elsa & Edmundo

Era un sábado de Febrero de hace más de 50 años. En Arequipa, donde tuvo lugar esta historia, llovía con elegancia. Era una lluvia fuerte y decidida, no una mediocre garúa tintineante como la de Lima. Era una lluvia arequipeña. Elsa, pegada a su máquina de coser, trataba de terminar un trabajo que le habían encargado. Los minutos pasaban y no había más tiempo. Elsa se apresuró en guardar hilos, telas, y botones, se ciñó en el vestido verde estampado que se había hecho ella misma y junto a Nati, su hermana y Mercedes, su madre, se encaminó hacia la fiesta de inauguración de la casa de la tía Gabina.

Al llegar, sonaban valses, la fiesta estaba a punto. Nati, que era la madrina, tiró de la cinta, rompió la botella de champagne y la casa se dio por inaugurada. Mercedes iba por ahí observándolo todo. Elsa conversaba con su amiga y tocaya Elsa Chávez.

-¿Quiénes han venido? -preguntó Elsa, mientras tomaba de su copa de champagne.
-Están mis amigas del barrio, el director del colegio Winetka de Lima, que es el padrino y un profesor más -respondió su amiga.
-¿Cómo se llama? -volvió a preguntar Elsa.
-No sé su nombre. Es ese de ahí -dijo Elsa Chávez señalando hacia una esquina.

El profesor del que hablaba era un hombre de unos treinta años, serio, enternado y con mirada taciturna. Sostenía una copa de champagne con una mano y la otra la tenía guardada en el bolsillo de su pantalón. Miraba a Elsa fijamente desde que entró a la casa, pero no a Elsa Chavez, no, sino a la otra, a aquella mujer de pelo corto, negro profundo y el vestido verde hipnotizante.

El momento del saludo llegó. Elsa, junto a su madre y su hermana, se acercó donde su otra tía, Elvira, que estaba casualmente parada junto al profesor del que no podía desprender la mirada. Elsa lo saludó como a uno más. Bastaron algunas pestañeadas más para que aquel serio hombre la sacara a bailar. Elsa aceptó y caminaron hacia el centro de la sala mientras empezaba a sonar un pasodoble. Ella bailaba muy bien y se movía casi como un trompo. Él, por el contrario, selló aquella primera impresión con un pisotón que hizo reír a Elsa.

-¿Cómo te llamas? -preguntó el profesor sin dejar de mirarla.
-Elsa Aragón. ¿Y tú? -respondió la belleza del vestido verde ceñido.
-Reymer -alcanzó a decir el profesor escuetamente.
-¿Ese es tu nombre o tu apellido? -contestó Elsa 
-No, es mi apellido. Me llamo Edmundo... Edmundo Reymer Vásquez-respondió el profesor al dejar por completo su anonimato.

El baile terminó pero Edmundo no se apartó de Elsa y justo antes de despedirse, le preguntó si podía visitarla en su casa al día siguiente. Elsa asintió sorprendida. No hacía falta intercambiar direcciones. Edmundo sabía donde vivía. Él ya la conocía desde antes, sabía, por ejemplo que le gustaba ir al cine y que conversaba con frecuencia con un joven en la esquina de su casa. Un mollendino, al parecer. Edmundo ya la había visto y había quedado completamente prendido. El baile fue sólo el comienzo.

 Al otro día, Elsa les había contado a Yolanda y Sonia, sus amigas y vecinas, que un profesor que conoció en la fiesta la visitaría; y ahí estaban ellas prendidas de la ventana de la casa contigua a ver si era cierto, a ver qué tal era el profe. Y así fue, a las tres en punto de la tarde, Edmundo tocó la puerta de aquella casona de la Avenida Cuarto Centenario cerca a la Iglesia del Pilar. Protocolo y mucha mirada. Elsa parecía nerviosa y Edmundo más tenso de lo normal. Así que para calmar ánimos y romper barreras, Nati, la hermana mayor de Elsa sugirió un plan que no podía tener error: ir al cine. Así pues, se encaminaron hacia el viejo cine Ateneo a ver la película mexicana de moda. 

El efecto fue inmediato. Edmundo comenzó a visitar a Elsa cada vez más seguido. Ya no habían acompañantes. Pero las clases estaban por comenzar y el profesor debía volver a sus labores en el internado donde trabajaba. Le prometió a Elsa volver en Julio, para las vacaciones de medio año. Y así sucedió. 

Una semana antes de su regreso, Edmundo la llamó para avisarle que iría a verla. Pero esa cita jamás ocurrió. La mañana de aquel día, Yolanda, le pidió a Elsa que la acompañe a una fiesta patronal en el pueblo de Vito en Apurimac, debían ir por tierra y tomaría algunas horas. A pesar de ello,  Yolanda le prometió a Elsa llegar antes de las 5 de la tarde a Arequipa. Pero la fiesta estaba recién empezando a esa hora y no había como regresar. Edmundo llegó a la casona a ver a su chica pero ella no estaba. A esa hora, ella sólo podía lamentarse por haberlo plantado.

Pero al fin y al cabo, Elsa tuvo que regresar. Mercedes, su madre, le dijo que había llegado el profesor a verla el día anterior y que se fue sin pedir explicaciones. Tampoco las pidió al otro día, ni siquiera en los cuatro días siguientes pues no llamó ni volvió a buscarla. Elsa estaba contrariada. No pensaba que había sido para tanto pero al parecer, lo era. Con la certeza de que todo había terminado, salió a caminar hacia la Iglesia del Pilar y en el camino se cruzó con Gabina, la tía que había inaugurado recientemente su casa.

-Estoy preocupada, Elsa, los chicos están mal por algo que comieron en la fiesta. -confesó Gabina
-¿Los chicos? ¿Qué chicos? -preguntó Elsa confundida.
-Edmundo, el profesor y su primo Alfredo. ¿No sabías? -respondió Gabina.
-No, ¿qué les pasó? 
-Ayer los operaron del apéndice. ¡A los dos! -gritó Gabina
-¿En qué hospital están? -preguntó Elsa muy nerviosa
-En el Santa María -finalizó Gabina
-Gracias, tía, nos vemos -respondió Elsa mientras corría apresurada.

Elsa llegó al hospital y en la puerta recordó que no tenía idea de en qué cuarto estaba Edmundo o cómo podría ubicarlo. Pero nada  de eso importó. Elsa recorrió cuarto por cuarto hasta encontrarlo y cuando por fin dio con la habitación, entró sigilosa y llena de miedo y lo que encontró fue a Edmundo recostado con una bata blanca mirándola con rabia y a una mujer apoyada en la ventana que daba hacia la calle. Elsa miró a Edmundo y este volteó el rostro. Pasaron unos segundos. Edmundo giró y se dirigió a la mujer junto a la ventana:

-Ella es Elsa Aragón -dijo mientras trataba de incorporarse.
-Buenas tardes -dijo la mujer 
-Elsa, ella es Hortensia, mi madre. 

Él seguía fulminando a Elsa con gestos claros de molestia. Y ella acababa de conocer a la mamá del hombre al que había plantado. Todo eso era demasiado.

-Ojala te mejores. Yo ya me voy -dijo Elsa y salió presurosa de la habitación.



Tres días después, Edmundo llamó. 

-Nos vemos hoy a las cuatro en el parque Duhamel.

Elsa no tuvo tiempo ni de responder. Edmundo colgó y pasaron las horas. A las cuatro y diez, Elsa llegó y lo vio sentado con las piernas estiradas y mirando hacia los costados. Antes del saludo, Edmundo le reclamó y la culpó de su operación. Increíble. Según él, la cólera por el plantón había ocasionado el dolor en el apéndice. Elsa lo tomó con humor, tal vez sin darse cuenta lo hipocondríaco que podía resultar ser aquel profesor. Pero las cosas terminaron bien. Se amistaron ese mismo día y en ese mismo parque y con eso también llegó la despedida. Edmundo volvería a Lima con la promesa de regresar al siguiente año. Durante ese tiempo, ambos se llamaban y la distancia casi ni se sintió.

El procedimiento seguía siendo el mismo. Meses después volvieron a encontrarse en el parque Duhamel. Pero esa vez fue diferente. Edmundo estaba furioso pues estaba seguro que Elsa lo había engañado, que aquel hombre con el que la vio conversando el día anterior era su amante. En realidad se trataba de un tipo que llegó a su casa para dejar unos encargos para la tienda que Elsa manejaba junto a su madre. Los celos hace más de cincuenta años y ahora suelen ser los mismos. La discusión en aquel parque parecía no terminar. En total, estuvieron juntos desde las nueve de la mañana hasta la una de la tarde. Elsa no conseguía hacer entrar en razón a Edmundo, que en un momento de malestar, se levantó de la banca, tomó a Elsa de la mano y comenzó a caminar a toda prisa. Elsa lloraba desconcertada.  Llegaron a la casa de Edmundo en el barrio de Mariano Melgar. Entraron y sin perder un sólo instante, Edmundo la presentó con sus hermanas, que al igual que ella, no entendían nada. Cuando salieron, Elsa estaba furiosa.

-Se acabó todo, Edmundo. No te quiero volver a ver -gritó Elsa mientras se iba corriendo hasta su casa.

Cuando llegó, Mercedes no hacía más que disparar hacia su hija con preguntas y atiborrarla de abrazos. No había sabido de ella en muchas horas. Elsa sólo atinó a intentar distraerse en su máquina de coser. Pero el día no había terminado y a eso de las ocho de la noche, la puerta sonó. Era Edmundo. Mercedes, que no sabía nada, lo invitó a pasar y le pidió a Elsa que preparara café y galletas para ofrecer al invitado. Al cabo de unos minutos Elsa regresó a la sala; nerviosa, dejó las bandejas en la mesita de centro. Se sentó sin poder sostener todavía su asombro. Edmundo la miró por un segundo, regreso la vista hacia Mercedes y dijo:

-Señora, quiero casarme con Elsa.

La sorpresa invadió la sala. El rostro de Elsa era indescriptible. Estaba molesta pero quería, sabía que quería. Como su esposo había muerto años antes, Mercedes le dijo a Edmundo que debía hablar con Armando y Alfonso, los hermanos mayores de Elsa. Y así lo hizo. Al poco tiempo, sus cuñados lo comenzaron a tratar como a uno más y días después se oficializó la boda. 

Los directivos del internado donde trabajaba Edmundo, no permitían profesores casados. Pero eso no importó. Edmundo se escapó y cumplió su deseo, tanto como el de su novia, la chica del vestido verde que lo cautivó. Elsa y Edmundo se casaron en Lima hace 53 años y tanto en ese momento como hoy, 20 de marzo de 2014, discuten tanto o más que en el parque Duhamel pero con la certeza del amor inquebrantable, la familia y la más pura de las complicidades.





''Te dije muchas palabras de esas bonitas 
con que se arrullan los corazones 
pidiendo que me quisieras 
que convirtieras en realidades 
mis ilusiones. 
la luna que nos miraba 
ya hacía ratito 
se hizo un poquito desentendida 
y cuando la vi escondida 
me arrodille para besarte 
y así entregarte toda mi vida''




19 de febrero de 2014

El primero

Creo que estaba por terminar la primaria. No recuerdo bien. Pero justo antes de salir de vacaciones de verano, el colegio nos dio una lista de libros de la que teníamos que escoger uno para hacer un informe y presentarlo al inicio de las clases del próximo año. Ningún título me llamó la atención excepto uno: Camila. Así se llamaba el libro: Camila. La descripción decía todo lo que quería en realidad para ese verano: lectura fácil y rápida sobre una adolescente que tiene problemas relacionados con su edad. Lo que resultó al final fue todo lo contrario. No fue lectura ligera. Ese libro me afectó. Fue el primero que leí de verdad y el que despertó mi gusto por los libros. Todos tenemos un ''primero''. Ese o ''esa'' fue Camila.

Gracias a ese libro empecé a crear escenarios en mi mente. Tenían colores, olores, sensaciones y todas esas cosas increíbles que van construyéndose conforme van pasando las palabras. Me imaginé el rostro de Camila y no era para nada igual al de la portada del libro. Imaginé sus gestos y hasta el color de su piel. Imaginé su vida. Camila era real.

Real y de quince años. Camila tiene una madre que engaña a su padre. Camila tiene una amiga excéntrica que se llama Luisa y que es hermana de Frank. Camila odia a Jacques, el amante de su madre. Camila nunca ha sido besada. Camila no se ha enamorado nunca y cuando cree que lo está haciendo, Frank se pone raro. Sí, Frank, el hermano de Luisa. Camila tiene un abrigo para los domingos, una falda verde de lana y una boina roja.

Como sea que sea, el primer libro que leí me marcó demasiado. Y a pesar de ello y de prometer nunca perder ese libro, se lo presté a una amiga después de contarle mi experiencia con esa chica de Nueva York que me había extasiado. Eso fue hace nueve años. Pero hace tres meses, cuando no pude pasar mi cumpleaños en Lima, mi mamá me preguntó que quería por mi cumpleaños porque quería darme regalos para cuando regresara y no lo dudé: Mamá, quiero un libro que se llama Camila, es de Madeleine L'engle. Debe ser difícil de conseguir, no se si aún lo vendan.

Lo vendían todavía. Mi mamá me dio el libro envuelto y cuando lo abrí todo fue distinto. La portada era diferente, era rara. Era un libro más corto que el que tuve 10 años atrás. Me demoré mucho en volver a leerlo pero finalmente lo hice. Fue genial. Todo lo que imaginé cuando tenía 12 años volvió y se veía muy claro. En mi cabeza son los mismos rostros, los mismos lugares y todo. El ''primero'' o lo ''primero'' de cualquier cosa en tu vida siempre dejará algún tipo de huella, sea bonita o fea. Un tatuaje. Camila es mi libro favorito en todo el mundo porque fue el primero que me permitió ser espectadora en otro tipo de realidad imaginada por mi y para mi.



''When you press me to your heart
I'm in a world apart
A world where roses bloom
And when you speak angels sing from above
Every day's words seem to turn into love songs
Give your heart and soul to me
And life will always be
La vie en rose''



7 de noviembre de 2013

Yo por ti

Bien dicen que uno a veces lástima a las personas que más quiere. Y por esas incoherencias y momentos tontos que nos pone la vida, lastimé a mi mejor amiga por algún tiempo. Me borré. No pregunté por ella, ni le hablé a ella, ni sabía de ella. Fue mi momento idiota consecuencia de un momento débil, una depresión. Quiero creer que hemos resuelto todo y que no volverá a pasar. Pero eso tomó tiempo y se arregló unos días antes de mi viaje a España, desde donde escribo esto con un único motivo: el cumpleaños 21 de mi mejor amiga. Ahí va, una mujer dispuesta a comerse al mundo, una mujer que no sabe que lo que le pasó recientemente y que ella cree una tragedia es en verdad una de las tantas cosas que la harán más fuerte.

No sé qué más decirte que no te haya dicho ya o de qué manera más reprenderte, si entiendes lo que quiero decir. Me da mucha pena no poder estar contigo en tu cumpleaños. Que sepas que, tal vez, cuando regrese a Lima tomaremos la ciudad y haremos tu cumpleaños un día y el mio otro hasta formar varias semanas y meses. Como si no importaran todas las demás cosas, como si tuviesemos 12 años otra vez. Amiga, te admiro mucho y me da mucho gusto saber y estar segura de lo fuerte que eres. Has pasado por muchísimas cosas y aún así has sabido escucharme, hablarme y siempre mostrarme una sonrisa. Espero que en el día en que te vuelves legal en todos los países de ese mundo que te espera, seas feliz, te diviertas y sepas comprender lo afortunada que eres aunque a veces se te olvida.

Isa (no me odies), falta poco para diciembre. Casi nada, en verdad. Y cuando regrese haremos cuenta que lo que nos pasó (sí, eso) quedó atrás, es más, ni siquiera existió. Haremos cuenta que estamos en el colegio, en una clase, haciendo una tarea, conversando, comiendo, pensando qué hacer ese fin de semana pero con una ventaja: tenemos cierta experiencia y la consciencia de que la amistad no es verse la cara todos los días sino tenernos presente en Lima, en Madrid o en la esquina esa, donde está el chifa, a temblar de frio mientras nos esperamos para morir un poco riendo.

Feli cumpleaños, mejor amiga. ¡Feliz vida!





 ''Honey, honey, honey, babe
y ya dejemos de llorar
te veo ahí en media hora
no te olvides
nos largamos de aquí

Dos días en la vida
nunca vienen nada mal
de alguna forma de eso se trata vivir''


7 de marzo de 2013

Ni Thelma ni Louise

Si mal no recuerdo, ya he escrito un post por el día de la mujer y también he hablado de las 4 mujeres principales en mi vida: mi madre, mis abuelas y mi tía. Definitivamente, me faltó una: mi mejor amiga.

Creo que fue el primer día de clases en 1999 cuando una niña sentada a mi lado en un salón muy oscuro, comenzó a decirme los nombres de todos mis compañeros, uno por uno, yo era nueva y no conocía a nadie: ¿Y ella?, le pregunté. I-SA-BÓOE me respondió.  Creo que me demoré una semana en poder pronunciar bien su nombre. En ese entonces, con mis 6 años, me era muy difícil.

Unas horas más tarde, estaba yo sentada sola y abandonada en medio del patio durante el recreo. No conocía a nadie y era más tímida de lo que soy ahora. De repente, esa misma niña de pelo corto súper negro, con lunares en la cara, ojos grandes y sin un diente, se me acercó y me preguntó si quería jugar con ella.

No recuerdo haber hablado más con ella sino hasta 5 años después. Era 2004, nuestro último año de primaria y una chica mexicana sonaba en absolutamente todo sitio cantando "Lento", una tal Julieta Venegas. Pero no todos la escuchaban, aunque parezca mentira. En ese tiempo se estaba poniendo de moda el reggaetón. Casi por los últimos días de clase, escuché que alguien tarareaba una canción de Julieta en el salón. Me paré en seco, volteé y ahí estaba ella, Isaboe, cantando. ¿Te gusta Julieta Venegas?, le pregunté. Sí, me respondió, ¿y a ti? También.

Después de esa conversación, recuerdo haber estado en el bus camino a un paseo con un audífono en la oreja de cada una sin decirnos ni una sola palabra, también recuerdo haberle tomado una foto en el comedor del club adonde llegamos, usando ese mismo audífono. Pero lo que es raro, es que después de haber terminado la primaria, fuimos amigas durante comienzos de secundaria pero jamás tan cercanas. No puedo ordenar cronológicamente cómo fue que nos hicimos mucho más cercanas. Supongo que eso pasa cuando las cosas se tornan naturales y genuinas.

Poco a poco, a paso lento pero seguro, entró en el círculo que las chicas llamamos "mis mejores amigas" Salíamos, ella iba a mi casa, yo iba a la suya, hacíamos la tarea juntas, en las fiestas no nos despegábamos y muchas cosas más. Lo que parecería ser una amistad superficial, en el contexto de nuestra edad, se fue convirtiendo en una complicidad extraña porque así como la quería mucho, también quería asesinarla de vez en cuando. Ella es una persona que puede sacarte de tus casillas rápidamente y yo considero eso una ventaja.

Nosotras tenemos muchas cosas en común: nacimos en Noviembre, medimos lo mismo, nuestra letra es parecida, nos gusta Fito Páez,  nos cortamos el pelo cortito-cortito, queremos hacernos un tatuaje, somos híper sensibles, amamos el chifa y el ajinomen y 100 cosas más que pusimos en una lista cursi titulada "¿Por qué somos mejores amigas?" Pero también somos diferentes y tenemos nuestros opuestos (como todo matrimonio amistad)

Isaboe es muy inestable y estoy segura que ella lo sabe, lo que tal vez no sabe es cómo eso puede afectar a otras personas: a mí, por ejemplo. Tal vez yo también soy así, pero voy a esperar a que ella me lo diga. Isaboe es muy impulsiva y no se da cuenta de lo profundo que pueden llegar sus palabras o frases sin intención, tal vez no se da cuenta de lo que ella puede significar en otras personas.  Todo esto que digo me ha traigo a muchos malentendidos con ella que hemos sabido resolver conversando porque si existe una de las muchas virtudes de Isaboe, es que le gusta encarar y conversar sobre el problema, eso no lo hace mucha gente.

Isaboe es una mujer importante en mi vida porque es mi mejor amiga, mi amiga estrella. Me ha ayudado muchísimas veces, me hizo abrir los ojos, me sonríe sin tener idea de lo que estoy hablando, siempre me presta atención, siempre le importa cualquier cosa que tenga para contarle, siempre está dispuesta, es increíblemente emprendedora, inteligente, astuta, trabajadora y lo que más me gusta de ella: es atrevida y fuerte.

Loquita, has tenido que pasar momentos muy difíciles y tal vez, poco entendibles para la edad que tenías (que teníamos) a veces hay cosas que no parecen justas, que parece que nos van a derrumbar, pero tú siempre has tenido una sonrisa y hasta has sido apoyo cuando tú estabas peor.  A veces me dan ganas de pegarte, pero después me doy cuenta que tienes razón en muchas cosas y que tus intenciones siempre son buenas. Tienes un carácter muy difícil, y de hecho lo sabes. Por eso te pediría que tengas cuidado en lastimar y en que te lastimen. No dejes que pase eso. Disculpa también por mi ausencia, creo que has entendido la razón. Te quiero muchísimo y quiero que te pasen cosas increíbles porque te las mereces y además porque sé que trabajas mucho para lograrlo. Eres mi mejor amiga aunque a veces no te parezca y estaremos juntas "donde haya que ir" 


''Yo que estuve en lado salvaje
digo que nunca pienso volver
Hasta Lou Reed se pasea con traje
y llama a su novia desde el hotel


Tú por mí, yo por ti,
iremos juntas donde haya que ir

Tú por mí, yo por ti,
iremos juntas sólo por ir''





11 de octubre de 2012

El ángelus a las 10:00 am


Tenía que entrevistar a alguien a quien pudiera exasperar a propósito. Tenía que buscar a alguna persona a la cual poder confrontar. Tenía que hacerlo y no lo hice en la primera semana porque no se me ocurría alguien demasiado relevante para alterar. Esperé hasta la segunda semana. Se me ocurrió una monja, una monja de mi colegio. Sí, si a alguien  tenía ganas de decirle muchas cosas era una de esas monjas que nos reprimían tanto. Mi primera y única opción se llamaba Maritza, una monja que trabajaba en mi colegio en el área de no me acuerdo qué, una monja chilena que sudaba mucho y prohibía demasiado y a pesar que quería parecer divertida, no lo era.

Así que como una buena y novel "procastinadora", esperé dos días antes de la fecha de entrega y me mentalicé ni bien abrí los ojos esa mañana que iba a volver, después de 3 años, a mi colegio. No quería. Intentaba retrasar todo demorándome mientras me cambiaba, mientras tomaba desayuno, etc. Además, me sentía en falta: había prometido no regresar nunca, había tachado en mi agenda de colegio todos los días que faltaban para terminar el año desde el primer día de clases de quinto, había deseado acabar la secundaria muchas veces, había dicho con mucha soberbia que odiaba ir al colegio, que no me gustaba, que ya no aguantaba más.





10:00 am. Con el rabo entre las patas, con el hocico partido, con mi mirada tan tierna y con una bufanda muy bonita color azul, empecé a caminar por la Av. Los quechuas. Hice la ruta que desde hace 3 años no hacía. Recordé algunas cosas, no demasiadas. Recordé salir de mi casa con el pelo mojado, los ganchos, la horrible chompa azul, el celular en el bolsillo, mi mochila verde agua. Así, con la ruta de memoria, a pesar de todo, llegué a la puerta del "Nuestra Sra. De la Esperanza". El "Nuestra" para cualquier salamanquino que se respete. Encontré al vigilante de siempre: "Duque" y pregunté si había atención. Me dice que sí. Pregunto, entonces, por la hermana Maritza.

Error. Me miro con desconcierto. Me dice: ¿Maritza? Ya no está acá. Me sentí terriblemente vieja. Después dejé la superficialidad y caí en cuenta que no tenía entrevistada. Me paré en seco, miré a los costados y se me ocurrió una idea que me dio miedo, pero que tenía que probar: ¿está la Hna. Nuria? La hermana Nuria es la directora del colegio. Sí, ella sí esta, me responde. Entro a las oficinas donde entran todos los padres que quieren consultar por sus hijos. Me volví a sentir vieja. La secretaria, Soledad, me atendió. Le dije de qué se trataba. Me pidió mi nombre y mi año de egreso.

-Lucia Solis. 2009.

Me pidió que espere un momento. Luego de 10 minutos, me dijo que entre, que toque la puerta de la dirección y que la Hna. me iba a atender. Y eso hice. Entré por las rejas por las que sólo los profesores y los padres entraban y me estremecí: vi el patio, vi la banca donde mis amigas y yo nos sentábamos, sentí ese viento. Y bueno, toqué la puerta y entré. Me saludó con una gran sonrisa, me abrazó, me preguntó cómo estaba y después de unos segundos de vacilar, EMOCIONADA, le respondí.

Me trató muy bien desde el principio, me miró con cara de reconocimiento, sabía quien era yo, tenía ese mismo brillo en los ojos que desde hace 3 años no veía. ¿Cómo diablos voy a exasperarla si sólo me produce ternura?, pensé. No, basta, act professional, Lucia. Y así empecé. Le pregunté algunas cosas que tenían un propósito escondido: buscar contradicciones, cuestionar sobre Dios, de otro modo, decirle algunas cosas que tenía guardadas en mis 5 años de observación y adhesión  a ese colegio.

La confronté, se alteró, me miró con desconfianza, dudó, tartamudeó. Sin embargo, en una pregunta me respondió con la fortaleza y seguridad de un roble, con un temple extraordinario y, sin querer, me hizo una revelación, "vi la luz", como dicen, entendí algo.

Cuando me dijo que no tuvo un momento exacto en el que se diera cuenta que quería ser monja, que simplemente absorbió la palabra de Dios hasta enamorarse de él, me "cayó la ficha". Entendí sobre Dios, entendí sobre ella, entendí sobre mí. La devoción auténtica, no el fanatismo religioso, es como estar enamorado. No te lo explicas, hay cosas que jamás podrás comprender, sensaciones que son solo tuyas. Eres leal a alguien a quien jamás has visto, crees en sus palabras aunque no te habló directamente a ti. Eso es amor, fe en tus sentimientos, trascendencia. Entendí que no debo juzgar a alguien que cree de una manera tan genuina porque no hay razón que pueda explicarlo, no hay experimento ni leyes físicas que puedan hacerlo. Tal como el amor, como estar enamorados. Es así. Su respuesta me hizo explicarme a mí y definirme, sobre todo para mi familia que me cree atea y hereje, como alguien que sí cree en Dios. Sí, creo en Dios. Tal vez no en el mismo que ustedes. Creo en un Dios de amor, de fortaleza, creo en un Dios terrenal y divino solamente en su trascendencia y en su legado. Creo en un Dios humano, que se enamoró, que sintió, que sufrió, que dudó, que tuvo miedo, que fue un hombre. Pero no creo en ese que te prohíbe todo, que te amenaza y paraliza con el miedo, que está crucificado y sufre por mí, no, si sufrió fue por el, porque sangró en vida y tuvo dolor, como cualquiera, como nosotros.

Toda esa respuesta me descolocó y cuando terminó la entrevista, después de un largo y sincero abrazo, la Hna. Nuria me invitó a recorrer y pasear por mi colegio, casi como una turista.  Le pedí que me dejara hacerlo sola. Lo necesitaba. Salí de su oficina como renovada, salí con una sensación de tranquilidad y paz alucinante. Y sentí ese viento que siempre había en el pasadizo de la dirección.

Lo primero que hice fue caminar hacia la placa de mi promoción. Me quedé viéndola   varios minutos. Estaba a punto de mover mis ojos de ahí y de pronto:


-¡Amárrese el pelo, Srta.!


Volteo y la veo a ella, Florinda (enfermera, preceptora, cuidadora, todo) mirándome con una sonrisa enorme. Me reí y me acerqué, nos abrazamos. Le dije que me merecía lo peor por ser tan ingrata, que era lo máximo estar frente a ella con el pelo suelto sin temor a que me grite de verdad. Hablamos por un rato y después me pidió que siga caminando. Vi el nuevo patio, el nuevo tópico, oficinas nuevas, me acerqué con un poco de miedo a la sala de profesores y vi a algunos. Me miraron todos con sonrisas emotivas, sentí ganas de llorar. Una sonrisa de Beltrán, el que por piedad, bondad, pena o lo que sea que haya sido jamás me jaló en matemática. Una sonrisa de Raquel, la profesora más misteriosa que jamás haya tenido y, creo, la más parecida a mí. Una sonrisa de Pepe, una sonrisa a pesar de todo lo que le ha pasado, una sonrisa después de 3 años, el profesor que puede hacer que te hagas pis encima sólo con una mirada desafiante. Por último, una sonrisa de mi adorado Pancho, mi tutor, el hombre que aguantó tanto, que nos soportó demasiado, que siempre estuvo ahí.

Me alejé de la sala de profesores y vi directamente hacía mi salón. No, no mi salón de 5to, sino a uno que significo mucho más para mí: mi salón de 4to. El 4to B. Momentos muy felices se vivieron en ese salón. Fui feliz en ese lugar. Y sólo observando desde abajo me di cuenta que ningún pensamiento anterior, ni ninguna promesa valía la pena tanto como la nostalgia y la alegría que sentí al recordar. Me arrepentí en el alma de mis palabras. Si alguna época de mi vida quisiera volver a pasar y si me lo permitieran, sería unas horas de clase ahí, con todo mis compañeros, todos. Quisiera una clase, después del recreo, cuando todos llegábamos cansados y tan solo las bromas podían hacernos resistir las horas que faltaban. Quisiera jugar cubo mágico con mis amigos de nuevo, quisiera escuchar las bromas de los mismos de siempre, el llanto de las mismas de siempre, los problemas que hacían detener las clases y, sobre todo, planear alguna que otra reunión-fiesta en aquel "local". Si alguno de mis compañeros está leyendo esto, sabrá a qué me refiero.

Tiene razón, Sabina, en una letra suya. "Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver". Se llega y listo, se llega sin saberlo. Unas semanas antes, jamás hubiera pensado en volver, no hubiera dudado un segundo en reafirmar que no reviviría otra vez mis épocas de colegio. Pero llegué sin demasiado plan y, en estos momentos, la recuerdo y sólo puedo sonreír, la recuerdo y añoro, sé que fui feliz, tal como en una clase de tutoría en el 4to B, tal como amar a Dios por sobre todas las cosas para algunos, tal como amar como yo lo he hecho y lo sigo haciendo, como ese sentimiento de frescura, de satisfacción cuando se esta enamorado de alguien, de algo, de lo que sea, como ese misma sensación que tuve ni bien atravesé las puertas del "Nuestra".


''Buscando en el baúl de los recuerdos, 
me vi desafilando una mentira, 
me vi en un mano a mano con el tiempo, 
¿qué queda por delante todavía? ''