Siempre. Por el que sea el motivo que la cause. Defender la alegría es defender la vida que eliges vivir. Y para mí, el sábado 21 de junio, fue uno de esos momentos en que pude decir: soy feliz. Sucedió en San Miguel, sucedió en Lima. Jamás pensé que podía encontrar a un grupo de gente que tanto o más que yo, podía haber descubierto en las letras de Joan Manuel Serrat su propia vida y a hablar a través de ellas también. Pero la verdad era que ese grupo en el cual apenas yo me iba integrando tenía ya años compartiendo cosas de las que yo recién me enteraba, cosas que descubría con la boca abierta.
Debo decir que era yo la más joven de ese grupo y me sentía... me sentía como un conejito acurrucado en su propia piel que salía recién al mundo serrateano en el que no pude encontrar mejores anfitriones. Charlar, brindar y reír con gente que mira a la pantalla a Serrat en los 80's poniendo la carita que pongo yo a veces es algo que sin presionar mucho ya genera una complicidad genuina.
El vino que corría acompañaba a las guitarra que era una invitada más. La voz de aquellos quienes se atrevieron a cantar canciones de Serrat. Fue algo mágico. Compartir un gusto -más que eso: ¡encanto!- es común, comprobar que otras personas totalmente distintas a uno descubrieron cosas tan o más maravillosas de las que yo descubrí oyendo una voz temblorosa y catalana y cosiendo sus letras al alma y al cuerpo. Gracias a Serrat. Gracias ADS por defender la alegría.
¿Qué horrible, no? Ver cómo los estadios de Brasil se llenan de gente que enfundados en camisetas, maquillaje y tantas otras cosas pueden cantar su himno mientras esperan a que once personas (representantes de otras millones de personas) confabulen para que una pelota entre en un arco y alegre y haga lagrimear -tal vez- a países enteros.
Siempre he dicho -y trataba de convencerme al respecto- que del mundial solo me interesaba ver la inauguración y la clausura. Me gustaba el espectáculo y nada más. Este año me ha sorprendido saber que no es así. He visto casi todos los partidos y los he disfrutado. Incluso sin entender qué diablos significa offside o posición adelantada o todo eso que algunas personas simplemente jamás entenderemos.
Me he dado cuenta que un partido de la categoría de uno que se juega para una copa del mundo es un espectáculo en sí. Espere. Ver a compatriotas tuyos morirse de los nervios mientras cantan o caminan hacia el pasto es un fenómeno digno de observar. Sí, cómo negarlo, es un espectáculo. Pero hay algo más.
Cada vez que un país hacía un gol, trataba de imaginar que en lugar de ver camisetas verdes y amarillas, verdes y rojas, azules o celestes, habían cientos de camisetas blancas y rojas juntas como una masa espesa y desbordante de alegría. Espere. No solo de alegría, ver camisetas peruanas en un mundial, a esta altura, significaría llantos, descomposiciones, desmayos, vómitos y hasta paros cardíacos -imagino-.
......
Ayer en la noche, en medio de una clase, les dije a un par de compañeros: ¿qué emocionante debe ser cantar tu himno en un mundial, no? No recuerdo sus respuestas pero sí sus expresiones: les brillaban los ojitos y dijeron al unísono algo así como: pucha, sí...
No sé de quién o de quienes será la culpa. Si hay que hablar con sinceridad, se casi nada de fútbol, pero tal vez un poco más sobre cosas que despiertan emociones como el hecho de haber deseado que el Perú vaya a un Mundial después de años y años de espera de quienes, a diferencia de mi, tienen al fútbol como segunda piel y pasión. Lo que yo creo es que hay que tener el Perú de segunda piel y esperar a ver si alguna tarde, como ahora en Brasil, habrán camisetas blanquirrojas y una que otra Cuzqueña guardada por ahí.
Si tienes una herida abierta y remueves el dedo en la llaga una y otra vez, solo conseguirás hacerla más profunda, sucia y dolorosa. No hay que esforzarse demasiado para saber eso. Si algo amargo tan dentro de ti que no puedes saber ni dónde está hace que tengas pensamientos y sensaciones que no puedes explicar más que destilando ira, es rencor lo que te carcome y devora como termitas eternas. Liberarse de llagas y rencores hará que nos sintamos como plumas. La ligereza y alivio de algo que eliminas para hacer espacio a las cosas bonitas y buenas es algo que se logra con una decisión firme y la certeza de haberte desintoxicado de todo lo que no hace falta más.
Tener veneno en la piel y hasta en la cabeza no sirve de nada, menos para las cosas que ya no importan porque después de todo pudo sacar algo bueno de todas ellas, no inmediatamente pero si una vez que vas viviendo más allá de lo malo. Hablo de que no deseo más drama ni temas pendientes, de que hay temas que terminaron y vuelven a empezar de otra manera, de que no soy una ''nueva'' persona pero si tengo algo menos adentro, todo eso que describí al inicio y que no hace bien a ninguna persona.
Cerrar los ojos, respirar, viajar o irse -aunque sea mentalmente- a cualquier otro lugar. Contar hasta veinte. Canalizar la ira. Hablar, conversar. Arreglar lo que hay que arreglar, entender y tener paz. Perderse en pensamientos felices es leer un libro de Cohelo. Decir lo que se piensa y llegar a la serenidad es tan armonioso y efectivo como un poema de Benedetti.
Hace poco vi una película que me dejó impresionada. Se llama La Educación Prohibida. Es un riesgo y hasta podría pecar de ser fácilmente maleable por un filme que podría (o no) tener fines comerciales. Pero no hay que ser muy perspicaz ni crítico para darse cuenta que todo lo que dicen en esa película es cierto y cualquier persona, educada con estilos tradicionales y ''normales'' como la mayoría de personas en el mundo, puede comprobarlo.
Entendí que todo el sistema de educación que conocemos y que está instaurado desde que tengo uso de razón (y los que la tienen mucho antes que yo también, es decir, solo tengo veintiún años) está mal y no solo eso... es caótico, opresivo y absurdo. Nos sentamos horas a la semana para que una persona que probablemente esté igual de desanimado que nosotros nos diga que debemos de ''grabarnos'' cosas en la cabeza que olvidaremos en unos minutos y que probablemente no nos sean útiles para formarnos como personas de bien y sobre todo libres. Hubo una frase de la película dicha por algún entrevistado (hay más de 50) que decía algo así: uno persona puede vivir sin saber de logaritmos, pero no puede vivir sin saber relacionarse con otras personas. Creo que eso más o menos resumió todos mis años en el colegio.
Acostarse un domingo con sensación de terror o desdén por ir al colegio es algo que ningún niño debería experimentar. No es normal ni saludable. Lo que se vive en las aulas de un establecimiento que más se asemeja a una cárcel es casi un adiestramiento canino. Y cito: nos hablan de la paz, pero nadie nos educa para la paz. ¿Por qué? porque lo que nos enseñan es a manejarnos en una competencia cruel en donde somos una nota, un número, un código.
Salimos del colegio y ya debemos saber qué hacer con nuestras vidas sin haber desarrollado probablemente, los talentos que nos hacen únicos individualmente porque se nos trató como a un ganado durante once años, como si todos estuviéramos fabricados en masa. Es espeluznante. Sin duda hay momentos que recordamos de la época escolar pero dudo que involucren números y datos inútiles.
''Uno no puede aprender libertad en teoría,
y después cuando uno sale de la escuela, ser libre.
Mi mamá siempre
me dice que me gusta la música de viejos. Y yo no sé cómo hacerle entender que
ni la edad ni la época de la música importa, sino que es la influencia y poder
que tiene para atraparnos y cambiarnos la vida. Joan Manuel Serrat cambió la
mía, por ejemplo. Serrat, ¿quién? Está bien si el nombre no les suena conocido.
No tiene por qué. Pero como es el protagonista de esta historia, es justo que
les cuente de él: Joan Manuel Serrat un trovador español que a mediados de los
60’s comenzaba una carrera que hasta ahora continua vigente. En todos los que
lo seguimos, claro. A mí me gusta desde que tengo 14 años. Lo descubrí y desde
ese momento no he podido alejarme de sus letras y su música. Tampoco he
querido. Sí, Serrat tiene más de 70 años. Es verdad también que la mayoría de
sus fanáticos son gente de la edad de mis padres o mayores. Pero eso jamás me
importó. Por eso cuando supe que llegaría a Lima para dar un concierto no dudé
ni un instante que iría a verlo. La primera fila no me fue suficiente.
Necesitaba algo más. Esta es la historia de la vez en que le dije a Joan Manuel
Serrat lo que realmente pensaba de él.
Es jueves. Son las siete y media de la mañana y no puedo creer que he
logrado despertarme. Veo la fecha… sí, 5 de diciembre de 2012: El día en el que
veré a Joan Manuel Serrat en concierto. Por primera vez. No puedo creerlo y me
vuelvo a tapar. Pienso: son muchas horas hasta las 8 de la noche. Pero hay algo
que debo hacer antes. Tiro la sabana y salto de la cama. Sí, hay algo que tengo
que hacer: entregar el correo, una carta para Serrat, una carta escrita por mí
en la madrugada con lapicero azul y sobre manila. Los pensamientos me costaron
mucho más:
Joan Manuel, jamás nos hemos conocido, es
geográficamente imposible por ahora. Pero, ¿Por qué? ¿Por qué me apasiono tanto
con tu arte? Es que no encuentro una razón sino varias y algunas que sé que
descubriré en todos los años que me quedan escuchándote. Es decir, hasta el fin
de mis días. Lo prometo. Perdona que te tutee, pero estoy interiorizada y sé
que no hay nada más personal que mi relación contigo, con tus canciones y tus
letras. Pero no sólo eso, me has dejado con un nudo en la garganta, con
lágrimas, con rencor, con esperanza, con duda, con la sensación de saber que
las letras de tus canciones son para mí y para nadie más, me has acompañado y
lo haces hasta ahora.
Después de salir de la cama, es
el momento de cambiarme: me decido por un polo azul, jean, casaca negra y unas
zapatillas por si hay que correr. Entonces emprendo el recorrido. Después de 1
hora llego al hotel Westin en San Isidro, su sola puerta ya me intimida. Pero
no importa. Tengo las ganas y sobre toda una carta ya algo arrugada por el
viaje en el fondo de mi bolsito marrón. Camino unos 16 pasos. Sí, los he
contado. De pronto siento que mi ropa no es la más adecuada. Me lo acaba de
confirmar la chica en taco 12 y blusa blanca inmaculada que pasa a mi costado.
Frente en alto, postura recta y actitud despreocupada. Parece que no soy muy
buena actriz. El vigilante me detiene en el preciso momento en que intento
cruzar hacia el glamoroso mundo Westin International Hotel.
Disculpe, señorita, viene a la Conferencia del Ministerio del Interior?
– me dice el hombre de verde.
Sí – respondo inmediatamente y sin pensar.
¿De qué medio es? – me pregunta mientras revisa una hoja con varios
nombres escritos.
-La República – respondo por inercia.
Pasan unos cuantos segundos hasta que por fin me dice:
-Entre, vaya de frente al pasillo y doble a la izquierda.
-Gracias – digo y pienso: Lucia, acabas de suplantar a un periodista de
La República al que probablemente ya no dejen entrar.
Me remuerde la conciencia solo por un momento. Luego pienso en lo mal
que lo pasé cuando un año antes habían cancelado un concierto de Serrat en Lima
dejándome como una quinceañera sin fiesta. Recuerdo haber llorado todo el día.
Y entonces supe que esto era algo que me debía, que era una asignatura pendiente
después de mucho soñar con decirle a Serrat todo lo que significaba su música y
el para mí.
Joan Manuel, quiero decirte quetus canciones pueden, como ves, reponerme si quieren y al mismo tiempo
destruirme. ¿Sabes cuál fue tu última travesura? "Entre un Hola y un
Adiós" Entendí que era una carta abierta. Y lloré escuchándola. Lloré
viendo una pantalla. ¿Cómo explicártelo? Eres lo máximo, lo más genio, lo
absolutamente genial. Qué profundas pueden ser tus palabras aunque se oigan
temblorosas en tu voz. Qué gran fiesta es tu arte. Por hoy, y en esta carta, no
habrá gloria a Dios sino gloria a ti. Que el sol no te dé la espalda, y si lo
hace que sea para que la luna admire tu grandeza más de la que tú la admiras a
ella.
Después de haber despistado a la
seguridad del hotel, perderme y terminar buscando la salida de la Sala de
Recepciones C, estoy de nuevo en el vestíbulo en busca de la recepción. Veo un
módulo, me acerco y me uno a la fila. La cola hacia la recepción es un panorama
bastante peculiar. Básicamente, dos hombres en terno, la chica de la blusa
inmaculada y yo. Digamos que en la jerarquía de atuendo iba yo de última. Y en
la cola también. He de llevarlo con dignidad. Después de veinte minutos me
encuentro frente a frente con la recepcionista que me mira como a una tachuela.
-¿En qué puedo ayudarte? – me pregunta…
-Hola, eh… tengo una carta – digo mientras saco el sobre de mi bolsito e
intento plancharlo con la fuerza de mi mano sobre mi jean.
-oook, ¿Para qué número de habitación es y quién la envía?
-Mira, no sé qué número de habitación es pero sé que Joan Manuel Serrat
está hospedado aquí y sé que es difícil pero sería muy importante para mí que
pudieras hacer que le llegue esta carta.
-Voy a hacer todo lo posible para que le llegue. No te preocupes –me
dijo la recepcionista con una sonrisa tierna.
Fue el momento en el que la frase ‘’las apariencias engañan’’ actuó a la
perfección. La recepcionista ya no me miraba como a una tachuela sino como lo
que era, una fan que no entiende de razonamientos lógicos. He dejado la carta y
aunque no sé con certeza si Serrat la leerá o si sabrá de su existencia, me
siento satisfecha de haber hecho lo que quería.
Regreso, entonces, a mi casa a deshojar horas como si fueran margaritas.
Cada vez falta menos para el concierto y yo casi no tengo uñas. Intento
despejarme pero no puedo. Cuando se está a punto de cumplir un sueño y sabes
que vas a cumplirlo, todo se resume en eso. Y cuando por fin llega el momento
de salir de casa hacia el recital, no sé ni siquiera cuál será mi reacción
cuando lo vea. Mientras pienso en ello me pongo el polo que mandé a estampar
con la frase: Serrat eres único y me pongo incluso más nerviosa.
Te confieso, Joan Manuel, que no sé qué haré cuando te vea. Tendría que
estar en ese momento para saber realmente qué sentiría. De verdad quiero ese
momento. Lo necesito. Te digo que he aprendido muchas cosas contigo. ¿Ya lo
dije? Lo digo de nuevo. Aprendí, con tus canciones y contigo, a saber que todo
infortunio esconde alguna ventaja, que por más que nos coloquen el listón hay
que saltar con la intención de ser felices, sobre todo, que sin utopías la vida
solo sería un ensayo para la muerte. Estaré en la primera fila de tu
concierto en Lima con un polo que dice: Serrat, eres único. La loca de la carta
soy yo.
Llego al Jockey Club como si
llegara a mi boda. Percibo las miradas directas hacia mi polo y su frase.
Siento algunas sonrisas. Me siento orgullosa. Camino hasta mi lugar y trato de
entender la realidad: estoy sentada en la primera fila y solo faltan 30 minutos
para poder ver por fin a Joan Manuel Serrat. Ahora que repito todo eso en mi
cabeza, parece más bien fantasía. Estoy nerviosa y ansiosa. Las luces se apagan
de pronto. Suenan bajos, baterías, trompetas. Una intro que da la impresión de
ser breve pero a mí me parece eterna. Las luces blancas empiezan a cegarme un
poco. Pero no lo suficiente. Y ahí está. Joan Manuel Serrat camina hasta el
centro del escenario y yo tengo las mejillas empapadas de lágrimas. Todas las
personas a mí alrededor me miran pero yo no puedo parar. Camina, canta, baila,
sonríe, se calla. Lo tengo al frente y no puedo creerlo. Las canciones siguen
una tras otra y con ellas continúa la utopía que vivo.
El concierto ya está por terminar. Serrat, quien ha compartido dos horas
de concierto con Joaquín Sabina empieza a despedirse de la gente. Sabina se
coloca en la parte del escenario más cercana a mí. Me ve. Ve mi polo y su frase
y me hace un ademán. ¿y para mí? Parece que me preguntara. Yo lo miro y le sonrió.
Sabina se voltea y llama a Serrat hacia su lado. Me estremezco. Sabina me
señala y le enseña mi polo. Serrat me ve, sonríe, forma una carta con las manos
y hace el gesto de estar leyéndola. Empiezo a llorar. Él me manda un beso volado y leo en sus labios:
Gracias. Sueño cumplido. Tengo las sensaciones más bonitas e indescriptibles,
es como si todo se hubiese iluminado. Y pensar que unas horas antes creía que
todo esto era imposible.
Joan Manuel, la madrugada en que escribo esto
nos dice que llegó el final, qué bueno que aunque sea por una noche se olvidó
que cada uno es cada cual, que es casi imposible que llegues a leer esto algún
día. Pero como dije hace unas líneas, existen las utopías y sin ellas, no me
habría atrevido a escribir esto. Solo me queda agradecer porque estás conmigo
cada vez que escucho tus canciones, porque aunque tú no lo sepas, me conoces
mucho. Gracias por existir. Es muy grande el mundo y demasiados los que te
seguimos. Pero continúo. Gracias porque siempre puede ser un gran día, porque son tus
versos el mejor lugar del mundo donde puedo estar.